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Pocero a babor

Mucho puede el dinero, mucho se le ha de amar, al pobre hace discreto, hombre de respetar”. El Arcipreste de Hita no conoció a El Pocero, pero ya habló de su comportamiento siglos atrás. Y es que la historia (tan circular, ya lo descubrieron los sabios) en su ficticia linealidad produce unas sensaciones curiosas de ‘déjà vu’ que, a poco que tengas memoria, te dejan helado.
El antecedente que se me vino a la mente cuando he visto el ‘yatazo’ de El Pocero arrimado a los barquitos con pedigree del puerto de Mallorca es aquella imagen que todos vimos y sufrimos de un tal Mario Conde (el de la revista MC, pionero en la costumbre de llamar con las propias iniciales a las revistas que uno se monta, precedente editorial de nuestra entrañable AR, plagiadora sin complejos y gurú de marujas madrugadoras). Recuerdo (debió ser en los ochenta) a aquel engominado esperpento de las finanzas bajando por la pasarela del yate, con el moreno reluciendo sobre el blanco del pantalón, la camisa de pijo-mafioso que se gastaba, y con aquellos pelillos engominados y untosos por sobre el cuello. Beeeerrrrj.
Siempre me resultó desagradable a la vista ese trepa al que un muy querido
profesor y jurista ya desenmascaró cuando iniciaba el ascenso social, y le nombraban doctor honoris causa por la Universidad de Alcalá de Henares.
Llama la atención cómo se intercambian cromos los diversos poderes. Yo te suelto tanta pasta para unas becas y la rehabilitación de un edificio, y yo te pongo un birrete, o una medalla, te concedo tal o cual premio y te garantizo la foto de la que tu madre va a estar (en su ignorancia) más orgullosa que la de la Pantoja. Puajjj. Cuanta más prisa llevan, como en la fábula de tortuga y la liebre, más rápido caen por el despeñadero.
Jesús Gil mira que paseó su barrigón por los saraos y los platós de entonces, y luego mira cómo se fue por el sumidero, de infarto en afasia malaya que daba hasta pena, oyes, penita, pena. Gil tenía hasta simpatías por ser tan evidente y primario, sin doblez, descarnado, como un boxeador de barrio. Conde tenía todas las papeletas para caerle mal a todos, pero como tenía el Banesto en el bolsillo, le abrieron las puertas hasta de Marivent, en aquella época en que el Estado comenzaba a arrodillarse ante los gurús del pelotazo que tantas fianzas acabaron pagándole al Estado con el dinero que habían, presunta y curiosamente, mangado.
El Pocero interpreta en este 2007 el canto del cisne de toda una era. Porque él es el último mohicano de un estilo de negociar (Seseña era un erial desierto y ahora es un bosque de moles de ladrillo tan desierto como antes pero con mucho valor añadido) y también el pionero de un nuevo/antiguo modo de cerrar negocios. Él no llega con el yatazo para que le dejen un hueco: viene para comprarlo. Y en efectivo. Ese es su sello. Nada de créditos, leasing o renting. A toca teja.
–¿A cuánto sale ese avioncillo que lleva Bill Gates?
–A tropecientos millones.
–Pues en esa habitación le he puesto unas cuantas montañas de billetes para que se los lleven adonde quieran.
El nuevo estilo cambiará, como siempre viene ocurriendo en los saraos más finos, las voluntades de la gente bien. Los refinados suelen necesitar bastante efectivo. Y si un tipo limpió pozos y ahora pasea su opulencia entre los venidos a menos, pues se le deja estar, porque el que tiene cantidades indecentes de pasta disfruta de la extraña democracia de los ricos: si tienes, vales.
Una filosofía vital tan simplista como la que practica este señor que de limpiar los pozos de miserias ajenas pronto pasará a llenar los pozos sin fondo de los bolsillos de toda aquella caterva de miserables y jetas que pululan cada verano por la corte de Marivent, igual que se hacía en la Edad Media.
La diferencia básica entre las fortunas de Europa y América es que a éstas se las admira y a aquellas se las desprecia. Porque el dinero rápido no está ya bien visto por estos pagos. Porque siempre se sospecha que a algo apesta. Tal vez a pozo. Y esa peste ni el perfume de Armani la contrarresta.

Al pie de la vela. La Opinión de Granada. Opinión.
Al pie de la vela. 8 de agosto de 2007

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Satori llega a Paris

Por fin llego a Paris. Al París aún imaginario en el que siempre quise habitar. Porque el real llegará un día. El real será, espero, un Paris a lo Gene Kelly chapoteando en los charcos. Vaya gloria de lluvia y de ese hombre dejándose llover encima. Y danzar como si fuera de aire, como si no importara nada más que bailar in the rain.
Así quiero que sea mi Paris. Como un Satori perpétuo. Porque luego llegará el París verdadero con sus humos y sus choques de gente con prisas que tiene que cambiar del RER al metro en tres minutos para seguir camino hacia un trabajo que, casi seguro, les satisface por el resultado, por esa sensación de deber cumplido, no por el trabajo en si mismo, el trabajo perpétuo como condena bíblica, nunca como gozoso comunicar lo interno con el exterior, ese privilegio de hacer sin esfuerzo, como un dejar fluir lo que está por hacerse a través de uno mismo, sin más, sólo teniendo el cuidado suficiente para no inmiscuirse uno en el placer de dejarse ser, es decir, de dejar hacer lo que se debe hacer y que nos ha elegido a nosotros para realizarse.
Satori, que soy yo, llega a Paris al fin, después de años de espera. Debo darme la bienvenida, pues soy el único que habita este París que se irá poblando de seres como yo, individuos recién llegados, constelación de seres que, como yo, quisieron llegar a Paris y un día, imaginación de por medio, se lanzaron a la aventura de habitar ese Paris en el que un día habrá amigos. Hoy está vacío. Habrá que llenarlo.

Satori llega a Paris

Por fin llego a Paris. Al París aún imaginario en el que siempre quise habitar. Porque el real llegará un día. El real será, espero, un Paris a lo Gene Kelly chapoteando en los charcos. Vaya gloria de lluvia y de ese hombre dejándose llover encima. Y danzar como si fuera de aire, como si no importara nada más que bailar in the rain.
Así quiero que sea mi Paris. Como un Satori perpétuo. Porque luego llegará el París verdadero con sus humos y sus choques de gente con prisas que tiene que cambiar del RER al metro en tres minutos para seguir camino hacia un trabajo que, casi seguro, les satisface por el resultado, por esa sensación de deber cumplido, no por el trabajo en si mismo, el trabajo perpétuo como condena bíblica, nunca como gozoso comunicar lo interno con el exterior, ese privilegio de hacer sin esfuerzo, como un dejar fluir lo que está por hacerse a través de uno mismo, sin más, sólo teniendo el cuidado suficiente para no inmiscuirse uno en el placer de dejarse ser, es decir, de dejar hacer lo que se debe hacer y que nos ha elegido a nosotros para realizarse.
Satori, que soy yo, llega a Paris al fin, después de años de espera. Debo darme la bienvenida, pues soy el único que habita este París que se irá poblando de seres como yo, individuos recién llegados, constelación de seres que, como yo, quisieron llegar a Paris y un día, imaginación de por medio, se lanzaron a la aventura de habitar ese Paris en el que un día habrá amigos. Hoy está vacío. Habrá que llenarlo.