La Tarasca de Tarascón

Ayer desfilaron en la Tarasca nada menos que los caballeros de Tarascón, elegantes y festivos con sus uniformes de gala, con su dragón y todo, más achaparrado y feo que el nuestro, pero como más relajado y cachondo en su embestir a diestro y siniestro dirigido por los curiosos caballeros franceses, nada que ver con nuestra caballería local, los maestrantes de Granada, a los que si un día pusieran acompañando a la Tarasca, crearían una extraña imagen, como desplazados de día y en el espíritu de la fiesta (salen el jueves custodiando el Corpus Christi, representación de la alegría interior mientras que la Tarasca del miércoles, a las 12, exalta la fiesta hacia afuera, el jolgorio ciudadano y mundano). La fiesta más alegre con lo más serio de las tradiciones, mezcla postmoderna nada al gusto local.
El acierto de traer a los caballeros (que, en su forma de desfilar eran más una peña o charanga francesa) radica en abrir la fiesta a otros mundos más amplios que éste en el que nos encierra la Granada concéntrica y centrípeta que – seguro que lo han oído decir–, ahoga o asfixia, según quien lo cuente. Fíjense si no en la feria cañí de Almanjáyar, un recinto de lona y chapa que nunca llegó a reclamo mundial, ni tan siquiera nacional, todo lo más provincial, si me apuran.

Veamos. Los caseteros hacen su fiesta para ellos y sin embargo año tras año se quejan, en actitud muy granaína. La fiesta es para sus socios, amigos y conocidos, que no para sus hijos, que cada día suben menos al ferial, porque les aburre o porque esa forma de divertirse les baja el ánimo y la líbido que, a estas alturas, si que se dispara en la discoteca o en el concierto nocturno. Eso de estar con los papás en la caseta corta el rollo, y el traje de gitana o de corto es un verdadero incordio ante la urgencia amatoria sobre el albero. La fiesta en el ferial no encuentra relevo generacional, salvo iniciativas aisladas, razón por la cual, en lugar de replantear la forma misma de irse de juerga, los caseteros (gente tradicional poco amiga de innovaciones) no se plantean reinventarse una feria a la que, si le quitas los compromisos sociales, se quedaría en un beber-comer-bailar-beber que tampoco es que sea para tirar cohetes.

Si santa Marta (la que recuerda nuestra Tarasca en su dulce cabalgar al brutal dragón que amedrentó Tarascón) hizo entrar en razón a la fiera, será porque el milagro sucedió en otras tierras, que aquí los dragones no se dejan domeñar, vocación irredenta del granaíno: tenga o no razón, tú no me vas a venir a dar lecciones, seas santa Marta o la mismísima santa Junta bendita, ese ente andaluz que en Granada trae reminiscencias de cuando las cosas había que irse a pedirlas, por favor y con humildad de labriego, a Madrid, capital que ahora es Sevilla. Vale que nos dan 30.000 puestos de trabajo (público) en la provincia, pero aquí no nos van a mandar, ni pollas. Que manden en Sevilla.

A las puertas de un Milenio por celebrar (que tenemos que agradecer al padre de la idea, el César Girón del exilio interior y exterior) cabría revisar nuestras tradiciones festeras. Porque la Cruz es una cruz que o aburre o arrasa la ciudad de la Alhambra; el Corpus decae; el Carnaval no arraiga; y los pasos de Semana Santa reiteran año tras esa idea extraña tan de aquí de que cuanto más te parezcas al año anterior, mejor que mejor.

Para muestra, un botón. La más granaína de todas la fiestas, la de la Toma, acabará hasta contratando a los ultras que vienen a jalearla. Más de quinientos años repitiendo lo mismo, y nada. Que a mí no me cambien la fiesta. Porque, aunque cambien los tiempos, el cambio no es para Granada. O si no, miren qué fea iba ayer la Tarasca.

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