Caballo con bolas

Hoy va la cosa de caballos pelotudos. Resulta que unos hacen para que los otros deshagan, a cuenta siempre del erario público, mientras que los demás nos quedamos mirando. Ni referéndum ni consulta popular ni nada. Todo lo hacen por pelotas (como las que lucen a los pies del boludo caballo). Y esto lo perpetran en una ciudad como esta, donde si tocas una sola piedra histórico-artística, hasta el frutero de la esquina de Almanjáyar se siente en la obligación cívica de vocear su opinión. Tremendo.

A nadie le sorprenderá que una estatua con tan árduo proceso de asimilación por ciudad tan remisa a los cambios de estética urbana vuelva a ser motivo de pelea entre políticos. Porque esta pelea, ojo, es una cuestión de política de salón, no de urgente actualidad ciudadana. A la ciudad bien poco que le importaba ya el caballito en bolas. Es lo que dan las mayorías absolutas: a los del PP les impusieron el caballo con bolas (con perdón) y ahora le quieren devolver la pelota a los de enfrente, pero por pelotas (con otro perdón). Son alardes políticos, de señores dado a sacarse espinas ‘conti’ que pueden.
¿A quién le importaba ya el tema? A alguien sí: al dueño de la casa donde está instalado. Me explico: el palacio consistorial es propiedad de usted, de mí y de todos los que pagamos tasas, impuestos, exacciones y multas. Pero hay quien detenta el poder de este modo, creyendo que la casa que utiliza en usufructo se puede gobernar como una propiedad privada. En mi casa mando yo, parece que es el único argumento de peso esgrimido para quitar el caballito del jinete ciego al que yo creo que a estas alturas de la película ya no lo quiere ni su propio padre, el artista Pérez-Villalta.
Podemos escribir artículos, gritar nuestras opiniones por las calles, manifestarnos a favor o en contra de la permanencia de la estatua. Pero, compréndanlo: aquí manda el que manda y los demás, así que pasen unos tres años, no tenemos derecho más que a contemplar cómo nos quitan el caballo, igual que ocho años atrás nos lo pusieron, sin más, a pesar de todo lo que se escribió y se gritó y se manifestó. Nada: el que manda, manda, y los demás a esperar a ejercer nuestra micra de poder de papeleta. Frustrante.
Después se quejarán de que su profesión está totalmente desprestigiada, de que se les acusa de que forman una clase aparte que vive del pueblo (de sus votos e impuestos) pero que gobierna sin el pueblo (¿sabrán acaso estos señores de traje formal lo que piensa el pueblo real, después de años sin vivir como ciudadanos normales? si lo supieran les daría el patatús).
Me ratifico en mi desconfianza hacia todo cargo público cuando observo estupideces de este calibre político-municipal (ahora te pongo un caballo porque yo mando/ahora te quito el caballo porque el que manda soy yo) . En esto sí que se puede generalizar, porque las honrosas excepciones (ese alcalde ideal que vive para los ciudadanos, que conecta con su sentir, que toma el pulso de la calle a diario, que se baja el sueldo para dar ejemplo de ahorro, que no cambia de casa ni de coche ni de esposa porque el poder no le ha cambiado), esas escasas salvedades a la norma, no son más que confirmaciones a una ley implacable: si quieres conocer a Pedrillo, dale un carguillo. Pasa con el aparcacoches-dictador que gobierna con mano férrea, a golpe de silbato, el parking del descampad: le pasa al regidor ahíto de poder y sobrado de tiempo para malgastarlo.
En Granada, la estética urbana es un tema comunitario. Si pusieron o ahora quitan al caballo, podrían habernos preguntado para ponerlo, para quitarlo o para dejarlo.

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