Escritura feliz

El país más feliz de la tierra es Islandia. Las claves son muchas (un artículo de EPS del último domingo lo cuenta todo) pero, entre ellas, me llama poderosamente la atención lo que viene a decir un artista de aquellas ateridas tierras: que allí no hay árboles ni hermosos paisajes con los que distraerse; que además hace frío y pasan muchas horas metidos en casa. Y que por todo eso, deben estar a gusto con sus demonios interiores para no volverse locos. De ahí que, entre la gente de Islandia, escribir no sea esa rareza que tan pocos practican por las tierras más sensuales de la extroversión, el dejarse ver y el contacto cuerpo a cuerpo. Además, se sorprendía el reportero, allí leen como cosacos, aunque desciendan de los rudos vikingos. Son gente pragmática hasta en las cosas del amor: si les va mal en pareja se separan civilizadamente (la custodia se comparte de manera automática). Además, las mujeres tienen los hijos entre los 20 y los 30 años pues piensan que, más tarde, sus cuerpos ya no están para tanto trote, y es normal ver a chicas embarazadas en las universidades. El Estado protege por encima de todo a los niños y a las mujeres, de ahí que la familia sea un núcleo que cohesiona la sociedad, en lugar de desintegrarla. Escribir, leer, tener hijos, vivir la familia, una comunidad reducida y apertura a la cultura y a otros mundos. Aquí te dirían que eres un retrógrado si postulas semejantes fórmulas de felicidad, pero en Islandia prefieren ser felices a ser progres, porque son progres de verdad, sin tener que demostrarlo.
Escriben los islandeses, sin ambición literaria. De hecho, no conozco escritores famosos de aquel país. Será que la fama no da la felicidad. Pero la escritura parece que ayuda. El escritor Gregorio Morales apuntó el otro día en su artículo que no hay que escribir para que nos quieran, como decía Gabo, sino porque se quiere. Podría ser eso lo que mueve a los islandeses a practicar tan sana costumbre. Porque el mundo puede estar necesitado de lo que cada cual lleva dentro, y sólo el hecho de sacarlo fuera, ya es un acto de generosidad. Lo escrito ahí queda, y puede que a alguno le aproveche. Y si no, por lo menos le ha aprovechado a uno.
Al leer aquel artículo me entraron unas ganas tremendas de irme para allá. Pero me frenó el frío. Y también la sentencia de un amigo que me dijo: “Nadie roba a nadie y se llevan tan bien entre sí porque viven en una isla y no tienen adonde huir”. Pues tal vez. Pero les funciona. Tomemos nota pues, y por escrito.

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